primero



La primera vez que escribí un relato tendría 4 primaveras. Estaba obsesionada con la cultura japonesa y escribí sobre un panda y su mejor amigo. Un panda que dibujé en la portada de un libro improvisado con hojas recicladas y grapas. Un panda abstracto que ni siquiera tenía el color que a un panda le corresponde. Pero era mi Panda. Mi abuelo paterno fue el primero en leer ese relato. No recuerdo que me dijo, que reacción tuvo, pero sé que alegremente se lo enseñé a mi tío. Mi tío me tuvo tardes y tardes enseñandome a hacer una frase "como Dios manda" porque las faltas de ortografía y las frases sin sentido no paraban de florecer, como mi imaginación. 

Luego vino un cisne, una hada perdida, un caballo que quería ser elefante pero no unicornio, una niña aventurera, un patito mareado de color amarillo que te pillo y muchas frases sin terminar. Mi tío me habló de Sevilla como quien habla de su enamorado, y allí empecé con princesas arabes y caballeros de reinos desconocidos y lejanos mas allá del arcoiris. Hubo felicidad, color y finales felices. Tantos que perdí la cuenta.

Con 13 primaveras y casi recién llegada al instituto mi profesor de inglés me pilló a escondidas leyendo mi primera novela romantica. Me sudaron tanto las manos que mojé las paginas del libro. Era de Nicholas Sparks y no he parado de leer sus historias aún. Pensé que iba a reñirme, pero me preguntó si quería seguir leyendo a escondidas y le contesté que si. Y el me dejó. Y después le enseñé lo que escribía, todavía no se como llegué a hacerlo pero poco después y hasta que acabé el instituto mis relatos fueron publicados en su revista. Tenía muchos alentadores en mi espalda que me decían que siguiera escribiendo, y yo hacía eso, escribir, escribir, escribir.

Las 17 primaveras fueron tristes, agotadoras, depresivas. Pero escribir fue mi antidoto y medicina, aunque de color negro, escribí. Entre lagrimas, escribí. Creo que también escribí gritos y sollozos, intentando que mi nostalgia y mi pena volvieran a convertirse en alegría en las cuatro paredes en las que estuve encerrada. La escritura surgió efecto. Me curé.

Escribir me hizo fuerte. 

Le escribí al amor, le escribí a la perdida.

A la nostalgia,
al mal perder, 
a las risas,
a las lagrimas de alegria.

Al desamor, a la familia.
A la amistad.
A mi perro.
A mi alma.

En prosa, 
en verso.

En susurros y en voz alta.
Clara y firme. 


Y a día de hoy, 

aún escribo.


2 comentarios:

  1. Y que nadie te diga lo contrario...
    Es precioso, yo creo que es fácil sentirse identificado porque si estás aquí escribes.
    Un besito.

    ResponderEliminar
  2. Qué lindo, nunca dejes de hacerlo :)
    Te mando un beso grande

    Samy

    ResponderEliminar


Muchas gracias por vuestros comentarios ♥

 

♥

🌜🌿🌛

🌜🌿🌛

🌜🌿🌛

🌜🌿🌛